ÑUBLE.- Los carros de completos, las cocinas en la casa y los locales chicos son parte del paisaje de la región. Muchos de estos negocios nacieron porque no había pega, y hoy sostienen a familias enteras. Pero cuando funcionan sin autorización sanitaria, la preocupación ya no es sólo económica: también es de salud pública.
Un alimento mal almacenado, mal cocinado o manipulado sin higiene puede causar intoxicaciones alimentarias, y quien paga las consecuencias es el cliente, muchas veces un niño o un adulto mayor. Como la venta informal no siempre deja registro, es difícil saber cuántos casos ocurren ni dónde.
Por eso, la pregunta no es sólo cuánto vende el negocio, sino en qué condiciones se prepara la comida. ¿Hay agua potable y lavado de manos? ¿Se mantiene la cadena de frío? ¿Quien cocina sabe manipular alimentos?
Formalizar no es sólo pagar impuestos. Es poder acreditar que la comida es segura, emitir boletas, acceder a financiamiento y crecer con tranquilidad. Y en un año con 11% de desempleo, la pega de muchos depende de que sus negocios sean sostenibles.
Por eso, el desafío para la región es doble: fiscalizar con orientación y acompañar a quien quiere salir de la informalidad. Mientras más fácil sea el camino para cumplir la norma sanitaria, más se protege tanto al que vende como al que compra.